17 de septiembre, 1996 - A un grupo de miembros de la Unión Europea Occidental

Autor: Juan Pablo II

 

DISCURSO DEL SANTO PADRE  JUAN PABLO II 
A UN GRUPO DE MIEMBROS DE LA UNIÓN EUROPEA OCCIDENTAL

Martes 17 de septiembre de 1996

Señoras y señores:

Me complace daros la bienvenida hoy aquí. Os agradezco vuestro deseo de encontraros con el Obispo de Roma, el Sucesor de Pedro en esta Sede apostólica, que ha desempeñado un papel tan vital y esencial en la historia de Europa y en la formación de la civilización europea. Es comprensible que la Santa Sede siga con gran atención todo lo que se relaciona con el bienestar de este continente y de sus pueblos.

Aunque es verdad que en el siglo XX Europa no ha dado siempre un ejemplo luminoso de justicia, paz y solidaridad, debemos alegrarnos de que exista una nueva y clara conciencia de la necesidad de realizar cambios en la sociedad europea que garanticen un futuro de seguridad, cooperación y paz. Deseo daros las gracias también porque estáis totalmente comprometidos en la construcción de ese futuro mejor para este continente.

La seguridad no puede consistir en una paz armada de modo permanente y siempre en evolución. Debe ser el resultado de un estilo determinado de vivir juntos en sociedad. Si se quiere que la paz sea verdaderamente una realidad para la comunidad de las naciones europeas, hace falta una solidaridad genuina, una solidaridad que no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» (carta encíclica Sollicitudo rei socialis, 38). Esta solidaridad debe estar abierta a todos, porque no podemos vivir con seguridad o con tranquilidad cuando nuestros hermanos o hermanas están acosados por el miedo y la angustia.

Evidentemente, esta tarea es muy amplia. Los líderes de los países y aquellos que influyen en la vida pública, ¿afrontarán verdaderamente las condiciones que perturban el equilibrio de la sociedad? ¿Se verá dominada Europa por una visión que permita sólo el triunfo del más fuerte, mientras se ignoran las necesidades de los débiles y los indefensos? La Iglesia nunca deja de proclamar que todo ser humano posee una dignidad y unos derechos inalienables independientemente y antes de cualquier concesión del Estado o de la ley. Si Europa ha de construirse en la justicia y la paz, su cultura, su legislación y su estilo de vida no pueden menos de reconocer y defender la dimensión trascendente de la persona humana. Sólo mediante el reconocimiento de este aspecto fundamental de la naturaleza humana la sociedad puede perseverar en la defensa de los derechos y las responsabilidades que derivan indiscutiblemente de la dignidad humana. De lo contrario, todo dependería del arbitrio de algunos en detrimento de otros, y Europa correría el riesgo de repetir los errores del pasado.

Mientras el siglo actual llega a su fin, los cristianos están preparándose para celebrar el segundo milenio del nacimiento de Jesucristo. Estamos llamados a seguir el camino de la conversión y el perdón, del respeto y el amor. Este camino, en el umbral del tercer milenio, permitirá a las próximas generaciones aprender los principios que rigen una sociedad verdaderamente digna de la persona humana. Pido para que pongáis siempre vuestras cualidades profesionales al servicio de este objetivo. Que Dios todopoderoso os bendiga a vosotros y vuestra obra en favor de Europa y de toda la familia humana.

 

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