A los católicos de la región de Oriente Próximo, 21 de diciembre, 2006

Autor: Benedicto XVI

     

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS OBISPOS, SACERDOTES Y FIELES CATÓLICOS
DE LA REGIÓN DE ORIENTE PRÓXIMO
CON OCASIÓN DE LA NAVIDAD

A los venerados hermanos
en el episcopado y en el sacerdocio
A los amados hermanos
y hermanas católicos
de la región de Oriente Próximo
 

Inmersos en la luz de la Navidad, contemplamos la presencia del Verbo que puso su tienda entre nosotros. Él es "la luz que brilla en las tinieblas" (cf. Jn 1, 5) y que nos "dio poder de hacernos hijos de Dios" (cf. Jn 1, 12). En este tiempo tan significativo para la fe cristiana, deseo dirigiros un saludo especial a vosotros, hermanos y hermanas católicos que vivís en las regiones de Oriente Próximo:  me siento espiritualmente presente en cada una de vuestras Iglesias particulares, incluidas las más pequeñas, para compartir con vosotros el anhelo y la esperanza con que esperáis al Señor Jesús, Príncipe de la paz. A todos expreso el deseo bíblico, que hizo suyo también san Francisco de Asís:  El Señor os dé la paz.

Me dirijo con afecto a las comunidades que son y se sienten "pequeño rebaño" tanto por el escaso número de hermanos y hermanas (cf. Lc 12, 32), como por estar inmersas en sociedades compuestas en gran mayoría por creyentes de otras religiones, o por las actuales circunstancias de serias dificultades y problemas que sufren algunas de las naciones a las que pertenecen.

Pienso sobre todo en los países marcados por fuertes tensiones y que a menudo sufren actos de cruel violencia que, además de causar grandes destrucciones, afectan sin piedad a personas inermes e inocentes. Las noticias que llegan a diario de Oriente Próximo muestran un crescendo de situaciones dramáticas, casi sin perspectivas de solución. Son vicisitudes que en todos los implicados suscitan naturalmente recriminación y rabia, y despiertan en los corazones deseos de revancha y venganza.

Sabemos que estos sentimientos no son cristianos; quienes los albergan se hacen en su interior duros y rencorosos, y  se  sitúan  muy lejos de la "mansedumbre y humildad" de las que Jesucristo se propuso como modelo (cf. Mt 11, 29). Así se perdería la ocasión de dar una contribución específicamente cristiana a la solución de los gravísimos problemas de nuestro tiempo. Realmente no sería oportuno, sobre todo en este momento, dedicar tiempo a preguntarse quién ha sufrido más o a querer pasar la cuenta de las injusticias padecidas, enumerando las razones que apoyan la propia tesis.

Eso es lo que se ha hecho con frecuencia en el pasado, con resultados insatisfactorios, por decir poco. En el fondo, el sufrimiento une a todos, y cuando uno sufre debe sentir ante todo el deseo de comprender cuánto pueden estar sufriendo las personas que se encuentran en una situación análoga. El diálogo paciente y humilde, con una escucha recíproca orientada a comprender la situación de los demás, ya ha dado buenos frutos en muchos países antes devastados por la violencia y las venganzas. Un poco más de confianza en la humanidad de los demás, sobre todo si están sufriendo, no puede por menos de dar buenos resultados. Desde muchas partes, de forma autorizada, se está recomendando hoy esta disposición interior.

Durante el período navideño pienso constantemente y con mayor preocupación en las comunidades católicas de vuestros países. Hacia vuestras tierras nos lleva la estrella que vieron los Magos, la estrella que los guió al encuentro con el Niño y con María, su Madre (cf. Mt 2, 11). En la tierra de Oriente Jesús dio su vida para hacer "de los dos  pueblos uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad" (Ef 2, 14). Allí dijo a los discípulos:  "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura" (Mc 16, 15). Allí se utilizó por primera vez el nombre de  cristianos  para  designar a los discípulos del Maestro (cf. Hch 11, 26). Allí nació y se desarrolló la Iglesia de los grandes Padres y florecieron diversas y ricas tradiciones espirituales y litúrgicas.

A vosotros, queridos hermanos y hermanas, herederos de esas tradiciones, os manifiesto con afecto mi cercanía personal en la situación de inseguridad humana, de sufrimiento diario, de temor y de esperanza que estáis viviendo. A vuestras comunidades repito, ante todo, las palabras del Redentor:  "No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino" (Lc 12, 32). Podéis contar con mi total solidaridad en las actuales circunstancias. Estoy seguro de que puedo hacerme portavoz también de la solidaridad de la Iglesia universal. Por tanto, cada uno de los fieles católicos de Oriente Próximo, así como la comunidad a la que pertenece, no debe sentirse solo o abandonado. A vuestras Iglesias, en su difícil camino, las acompañan la oración y el apoyo caritativo de las Iglesias particulares del mundo entero, a ejemplo y según el espíritu de la Iglesia primitiva (cf. Hch 11, 29-30).

En la situación actual, marcada por pocas luces y por demasiadas sombras, para mí es motivo de consuelo y esperanza saber que las comunidades cristianas de Oriente Próximo, cuyos intensos sufrimientos tengo muy presentes, siguen siendo comunidades vivas y activas, decididas a testimoniar su fe con su identidad específica en las sociedades que las rodean. Desean poder contribuir de modo constructivo a aliviar las urgentes necesidades de sus respectivas sociedades y de la región entera.

San Pedro, en su primera carta, escribiendo  a  comunidades más bien pobres  y marginadas, que no contaban mucho en la sociedad de entonces e incluso eran perseguidas, no dudó en decirles que su difícil situación debía considerarse como una "gracia" (cf. 1 P 1, 7-11). ¿Acaso no es, de hecho, una gracia poder participar en los sufrimientos de Cristo, uniéndose a la acción con que él tomó sobre sí nuestros pecados para expiarlos?

Las comunidades católicas, que con frecuencia viven en situaciones difíciles, deben ser conscientes de la gran fuerza que brota de su sufrimiento aceptado  con  amor. Es un sufrimiento que puede cambiar el corazón de los demás y el corazón del mundo. Por tanto,  aliento  a  cada uno a proseguir con  perseverancia  su  camino, sostenido  por la conciencia del "precio"  con que Cristo lo ha redimido (cf. 1 Co 6, 20). Ciertamente, la respuesta a la propia vocación cristiana es mucho más ardua para los miembros de las comunidades que constituyen una minoría y a menudo son numéricamente insignificantes en las sociedades donde están inmersas.

Sin embargo, como escribieron vuestros patriarcas en su carta pastoral de Pascua de 1992, "una pequeña luz puede iluminar toda la casa. La sal es un elemento muy pequeño en los alimentos, pero les da sabor. La levadura es muy poco en la masa, pero es lo que la hace fermentar y la prepara para convertirse en pan". Hago mías estas palabras y animo a los pastores católicos a perseverar en su ministerio, cultivando la unidad entre sí y permaneciendo siempre cerca de su rebaño. Sepan que el Papa comparte los anhelos, las esperanzas y las exhortaciones expresadas en sus cartas anuales, así como en el cumplimiento diario de sus deberes sagrados; los alienta en su esfuerzo por sostener y fortalecer en la fe, en la esperanza y en la caridad, al rebaño que les ha sido encomendado. Por lo demás, la presencia de sus comunidades en los diversos países de la región constituye un elemento que puede fomentar en gran medida el ecumenismo.

Desde hace mucho tiempo se constata que muchos cristianos están abandonando el Oriente Próximo, de forma que los santos lugares corren el peligro de transformarse en zonas arqueológicas, sin vida eclesial. Ciertamente, situaciones geopolíticas peligrosas, conflictos culturales, intereses económicos y estratégicos, así como actos de violencia que se trata de justificar atribuyéndoles causas de índole social o religiosa, hacen difícil la supervivencia de las minorías y por eso muchos cristianos caen en la tentación de emigrar.

A menudo el mal puede ser de algún modo irreparable. Sin embargo, no conviene olvidar que incluso el simple hecho de estar cerca unos de otros y de vivir juntos un sufrimiento común actúa como bálsamo sobre las heridas y lleva a pensamientos y obras de reconciliación y paz. De esta forma nace un diálogo familiar y fraterno, que con el tiempo y con la gracia del Espíritu, podrá transformarse en diálogo en un ámbito más amplio:  cultural, social e incluso político.

Por lo demás, el creyente sabe que puede contar con una esperanza que no defrauda, porque se funda en la presencia del Resucitado. De él brotan la obra de la fe y los trabajos de la caridad (cf. 1 Ts 1, 3). Incluso en las dificultades más dolorosas, la esperanza cristiana atestigua que la resignación pasiva y el pesimismo son el verdadero gran peligro que amenaza la respuesta a la vocación que brota del bautismo. De allí pueden derivar la desconfianza, el miedo, la auto-compasión, el fatalismo y la fuga.

En el momento actual, a los cristianos se les pide que sean valientes y decididos con la fuerza del Espíritu de Cristo, conscientes de que pueden contar con la cercanía de sus hermanos en la fe esparcidos por el mundo. San Pablo, escribiendo a los Romanos, declara abiertamente que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros (cf. Rm 8, 18). Del mismo modo, san Pedro, en su primera carta, nos recuerda que los cristianos, aunque nos encontremos afligidos por diversas tribulaciones, tenemos una esperanza más grande, que nos llena de alegría el corazón (cf. 1 P 1, 6). El mismo san Pablo, en la segunda carta a los Corintios, afirma con convicción que "el Dios de toda consolación (...) nos  consuela  en toda tribulación nuestra  para  poder  nosotros  consolar a los que están en toda tribulación" (2 Co 1, 3-4).

Sabemos bien que la consolación prometida por el Espíritu Santo no consiste simplemente en palabras hermosas, sino que se traduce en un ensanchamiento de la mente y del corazón para que podamos ver nuestra situación en el marco más amplio de toda la creación sometida a dolores de parto mientras espera la revelación de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 19-25). Desde esta perspectiva, cada uno puede llegar a pensar más en los sufrimientos de los demás que en los propios, más en los comunes que en los privados, y a preocuparse por hacer algo para que el otro o los otros entiendan que sus sufrimientos son comprendidos y acogidos, y que se desea ponerles remedio en la medida de lo posible.

A través de vosotros, queridos hermanos y hermanas, quiero dirigirme también a vuestros compatriotas, hombres y mujeres de las diversas confesiones cristianas, de las diferentes religiones, y a todos los que buscan con honradez la paz, la justicia, la solidaridad, mediante la escucha recíproca y el diálogo sincero. A todos les digo:  perseverad con valentía y confianza. A los que tienen la responsabilidad de guiar los acontecimientos les pido sensibilidad, atención y cercanía concreta, que supere cálculos y estrategias, a fin de que se construyan sociedades más justas y pacíficas, en las que se respete de verdad a todo ser humano.

Como sabéis, amadísimos hermanos y hermanas, espero vivamente que la Providencia haga que las circunstancias me permitan realizar una peregrinación a la Tierra santificada por los acontecimientos de la historia de la salvación. Así, espero poder orar en Jerusalén "patria del corazón de todos los descendientes espirituales de Abraham, para quienes resulta inmensamente entrañable" (Juan Pablo II, Redemptionis annoL'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de mayo de 1984, p. 17). En efecto, estoy convencido de que puede llegar a ser "símbolo de encuentro, de unión y de paz para toda la familia humana" (ib.).

Esperando que se haga realidad este deseo, os aliento a proseguir por el camino de la confianza, realizando gestos de amistad y de buena voluntad. Me refiero tanto a gestos sencillos y diarios, que ya desde hace tiempo practica en vuestras regiones mucha gente sencilla que siempre ha tratado con respeto a todas las personas, como a gestos de algún modo heroicos, inspirados en el auténtico respeto por la dignidad humana, con el intento de encontrar caminos de solución de situaciones muy difíciles. La paz es un bien tan grande y urgente que justifica sacrificios también grandes por parte de todos.

Como escribió mi venerado predecesor el Papa Juan Pablo II, "no hay paz sin justicia". Por eso, es necesario que se reconozcan y respeten los derechos de cada uno. Pero Juan Pablo II añadió:  "no hay justicia sin perdón". Normalmente sin transigir con errores pasados no se puede llegar a un acuerdo que permita volver a entablar el diálogo con vistas a una futura colaboración. En ese caso, el perdón es condición indispensable para poder proyectar un nuevo futuro. Del perdón concedido y aceptado pueden nacer y desarrollarse muchas obras de solidaridad, en la línea de las que ya existen ampliamente en vuestras regiones por iniciativa tanto de la Iglesia como de los gobiernos y de las organizaciones no gubernamentales.

El canto de los ángeles sobre la cueva de Belén —"Paz en la tierra a los hombres que Dios ama"— asume en estos días su contenido más profundo, y produce ya ahora los frutos que se tendrán en plenitud en la vida eterna. Mi deseo es que el tiempo de Navidad marque el fin, o al menos un alivio, de tantos sufrimientos, y que infunda a numerosas familias la esperanza necesaria para perseverar en la ardua tarea de promover la paz en un mundo aún tan desgarrado y dividido.

Queridos hermanos y hermanas, estad seguros de que en este camino os acompaña la ferviente oración del Papa y de toda la Iglesia. La intercesión y el ejemplo de tantos mártires y santos que en vuestras tierras han dado un valiente testimonio de Cristo os sostengan y os fortalezcan en vuestra fe. Y que la Sagrada Familia de Nazaret vele sobre vuestros buenos propósitos y vuestros compromisos.

Con estos sentimientos, a cada uno de vosotros imparto de todo corazón una bendición apostólica especial, prenda de mi afecto y de mi constante recuerdo.

Vaticano, 21 de diciembre de 2006

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