A los educadores reunidos en la catedral de Turín

Autor: Juan Pablo II

 

VISITA PASTORAL A LA TIERRA DE SAN JUAN BOSCO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS EDUCADORES REUNIDOS EN LA CATEDRAL DE TURÍN

Domingo 4 de octubre de 1988

Queridísimos hermanos y hermanas en Cristo:

1. Estoy particularmente contento de encontrarme entre vosotros en esta estupenda catedral de Turín, en la que se simboliza y realiza la unidad de esta arquidiócesis, muy querida para mí. En efecto, es muy rica en historia y fidelidad, laboriosidad y generosidad en favor del Evangelio, rica en fe y testimonio de amor en el heroico seguimiento de Cristo y en el servicio desinteresado hacia todos los hermanos, pero sobre todo hacia los más pobres y necesitados.

Quiero dar las gracias a vuestro portavoz, que ha presentado la historia y la realidad de la educación en Turín, famosa por los nombres de muchos educadores, sobre todo de San Juan Bosco, y que ha presentado una y otra cosa de forma tan real y concreta.

Considero privilegiado este encuentro con vosotros, queridos educadores comprometidos en el mundo de la escuela; lo considero privilegiado porque realizáis una de las tareas más importantes y delicadas para el futuro de la Iglesia y de la sociedad.

Este encuentro se encuadra en la celebración del primer centenario de la muerte de San Juan Bosco, "padre y maestro de la juventud", "misionero de los jóvenes" (Mensaje de apertura del capítulo general, 10 de enero de 1984). Celebrar un centenario es un acontecimiento profundamente significativo. Significa custodiar una preciosa herencia histórica y espiritual y poseer la gracia de hacerla reflorecer. Es una invitación a reunirnos para mirar y profundizar la trayectoria de un hombre que, inspirado e iluminado por Cristo, supo vivir y difundir con claridad el contenido y la praxis de un nuevo estilo de vida, vivido a la luz del Evangelio.

A cien años de distancia, la Iglesia quiere volver a expresar el testimonio y la fuerza de la fe de Don Bosco en el valor de la educación como servicio urgente e improrrogable para superar el drama de la ruptura entre el Evangelio y la cultura (Evangelii nuntiandi, 20).

2. He venido hoy aquí entre vosotros para manifestar mi apasionada predilección por la juventud, para reafirmar, como tuve ocasión de señalar ante los miembros de la UNESCO, que, "la primera y especial tarea de la cultura en general, y también de toda cultura es la educación. La educación consiste, en efecto en que el hombre llegue a ser cada vez más hombre, que pueda 'ser' más y no sólo que pueda 'tener' más, y que, en consecuencia, a través de todo lo que 'tiene', todo lo que 'posee', sepa 'ser' más plenamente hombre" (Alocución a la UNESCO, 2 de junio, 1980, n. 11; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 15 de junio, 1980, pág. 12).

¡Si, estoy aquí para deciros que seáis cada vez más conscientes de la misión que os han confiado los padres en orden a la educación de sus hijos! Ellos han depositado su confianza en vosotros. La Iglesia, por otra parte, os considera como cooperadores suyos en la formación de los jóvenes y constructores de la dignidad de la persona.

Os corresponde ofrecer a los jóvenes estudiantes la verdad sobre el hombre y enseñarles a analizar los nuevos conocimientos. Pocos retos son tan estimulantes como la instrucción, sobre todo la que se imparte en la hora de religión, y pocos tan difíciles por la sabiduría y creatividad profética que le son requeridas.

3. Como educadores y trabajadores de la escuela, experimentáis las ambigüedades y graves conflictos que caracterizan a la sociedad actual. Como ya observé en la carta para el centenario "la situación juvenil del mundo actual —al siglo de la muerte del Santo— es muy distinta y, como saben educadores y Pastores, presenta condiciones y aspectos multiformes" (Iuvenum Patris, 6).

Las profundas y numerosas mutaciones científicas y teológicas que continúan marcando nuestra época han roto la estabilidad, con todas las ventajas e inconvenientes que presenta. En el corto espacio de una generación hemos podido ver cambios enormes en los valores sociales y en las situaciones económicas. La crisis que estamos afrontando es la crisis del hombre rasgado por su contexto y relaciones.

Aunque "no faltan hoy día, entre los jóvenes de todo el mundo, grupos auténticamente sensibles a los valores del espíritu, deseosos de ayuda y apoyo en la maduración de su personalidad" (Iuvenum Patris, 6), sin embargo no les son ajenas las ambigüedades, las antinomias y contradicciones que se manifiestan, especialmente cuando los jóvenes se encuentran hundidos, amenazados y a menudo aplastados por un universo amorfo, unidimensional y deshumanizante y cuando los valores del Evangelio parecen quizá aplastados por la pobreza extendida a todos los niveles, por el exceso de informaciones contradictorias y sin escala de valores, por la falta de sentido de la vida y por la angustia de las incertidumbres del futuro, por la carencia de ideales, por un cierto "dejarse llevar" que puede llegar a la criminalidad y al consumismo perjudicial hasta el punto de corroer el amor y esterilizar la vida.

A este complejo cuadro que condiciona no poco a la juventud, se añade la crisis de la escuela, la cual sufre a menudo por la carencia de valores que ofrecer a los jóvenes y es infecunda para generar sabiduría y cultura; y la crisis de la familia en la que tal vez el amor es sofocado.

¡He aquí un desafío que requiere un compromiso urgente en la tarea educadora!

Como maestros y formadores debéis tratar de afrontar con inteligencia creativa estos cambios, que son la situación diaria de vuestro servicio profesional y el ámbito de vuestro testimonio cristiano.

4. En este mundo contemporáneo, Cristo quiere estar de nuevo presente con toda la fuerza desbordante de su misterio de amor. Quiere salir al encuentro del hombre de hoy, mediante maestros y formadores que sean verdaderos educadores, enriquecidos por una fuerte predilección hacia los jóvenes, sacada de Cristo que posee la verdad sobre el hombre, y dotados de una gran sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos (cf. Familiaris consortio, 8) y para restaurar la armonía de la persona.

El mundo hoy necesita, por su parte, maestros dotados de un pensamiento fuerte que pueda conducir al hombre a su puesto originario y, por otra, formadores ricos en creatividad para superar la creciente distancia entre la civilización humana y la fe cristiana, y restablecer la alianza entre ciencia y sabiduría (cf. Familiaris consortio, 8). Hará falta enriquecer al mismo tiempo el saber, incitar a la acción solidaria y resucitar la vida interior.

Por tanto, se hace necesario recuperar la conciencia del primado de las verdades y valores perennes de la persona humana en cuanto tal: afrontar con firmeza el desafío de dar una educación que en sus programas atienda más al hombre y a la dignidad de su persona que a las cosas, más a la búsqueda de la sabiduría que a la materia.

Es necesario que los jóvenes de vuestras escuelas aprendan a elevarse. Asaltados por un movimiento cada vez más rápido de estímulos externos, ¿cómo es posible salvar la facultad de la concentración y la maduración silenciosa de la fe? ¿Cómo iluminar las conciencias? ¿Cómo enseñar a dialogar consigo mismos? ¿Cómo pensar en la propia dignidad y en la de los otros? ¿Cómo cultivar todavía el sentido de la admiración y de la atención que son, en definitiva, la posibilidad de que disponemos para amar en profundidad, con entrega y renuncia de sí? Para todo esto, es necesario reafirmar con Don Bosco la convicción de que en todo joven hay energías de bien y cualidades interiores que, si se estimulan oportunamente, pueden dar al hombre la sabiduría.

5. A este propósito, un aspecto fundamental de vuestra misión es el de guiar a los jóvenes a Cristo.

Cristo es el punto de referencia constante del maestro cristiano. Sólo Jesucristo es la respuesta adecuada y última a la pregunta suprema sobre el sentido de la vida y de la historia. Pero no basta decirlo con palabras.

Vuestros alumnos deben percibir en el testimonio de vuestra vida que el hombre no tiene sentido fuera de Cristo; que Cristo es vuestra opción suprema y el núcleo central de todas vuestras iniciativas. Enseñar no significa solamente transmitir los conocimientos que poseéis, sino también revelar lo que sois, viviendo lo que la fe os inspira.

Darse a los jóvenes y partir desde ellos significa precisamente hacerse capaces de leer las condiciones de esta sociedad, teniendo en cuenta el justo punto de vista de ellos, y expresar el malestar que han generado una cultura y una sociedad que en vez de dedicarse a acogerlos se concentra sobre intereses marginales. ¡Partid desde los jóvenes! Ahí está vuestro campo de misión y vuestro laboratorio de cultura más precioso. ¡Sed misioneros de los jóvenes! ¡Id hacia su corazón! ¡Descended a su intimidad espiritual! Tocaréis allí el fondo auténtico de una personalidad que se siente provocada a salir de sí misma, de su propia medida, de sus propios proyectos, para abrirse a la realidad trascendente de un gran destino. Tratad de mirar a los jóvenes con los mismos ojos de Cristo. Aun con la conciencia de los defectos propios de los jóvenes tened la convicción de que el Evangelio, si se siembra en el interior del proceso de su formación humana, les puede conducir a comprometerse generosamente en la vida.

¡Por esto, privilegiad la hora de religión! Dadle prioridad en vuestros cuidados. En ella los jóvenes han de poder encontrar a Cristo y su Evangelio y sentir toda la fascinación de su persona.

6. Hoy los jóvenes son atraídos por reclamos que les llegan del mundo. Pero también están deseosos de encontrar valores sólidos y perdurables que puedan dar sentido y orientación a sus vidas. El mensaje salvífico del Evangelio deberá decirles dónde pueden encontrar este apoyo y la justa dirección a lo largo del proceso educativo. Cierto que esta misión es comprometida. Requiere de vosotros un doble sentido de responsabilidad: enderezar la conciencia y la experiencia del joven hacia el misterio de Cristo y mostraros vosotros, al mismo tiempo, como verdaderos forjadores de hombres, dotados de un alto sentido de espiritualidad.

Esta capacidad de dirigir la mirada a Cristo y este sentido espiritual son el resorte escondido de toda educación y cultura. En esta línea la enseñanza podrá, al mismo tiempo, cultivar el pensamiento, enriquecer la acción y promover la vida interior.

7. Don Bosco es un educador santo que "propone la santidad como meta concreta de su pedagogía" (Iuvenum Patris, 5). "Precisamente tal intercambio entre 'educación' y 'santidad' es un aspecto característico de su figura: es 'educador santo', se inspira en un 'modelo santo' —San Francisco de Sales—, es discípulo de un 'maestro espiritual santo' —José Cafasso— y entre sus jóvenes sabe formar un 'alumno santo': Santo Domingo Savio" (Iuvenum Patris, 5).

¡Qué gran exigencia la del educador para poder convencer a cada uno de sus discípulos de que están llamados a la santidad! Preocupaos, pues, de hacer también visible el Evangelio en vuestra vida cotidiana. Sólo así podréis tener un influjo evangélico que implique a los alumnos a los que instruís.

Es necesario hoy reproponer el gran tema de la santidad. Los objetivos específicos de la educación cristiana que nos traza el Concilio Vaticano II van en esta dirección. Son un verdadero reto y describen con claridad la delicada labor educativa: "La educación cristiana... busca sobre todo, que los bautizados se hagan más conscientes cada día del don recibido de la fe, mientras se inician gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación; aprendan a adorar a Dios Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23), ante todo en la acción litúrgica, formándose para vivir según el hombre nuevo en justicia y santidad de verdad (Ef 4, 22-24) y así lleguen al hombre perfecto, en la edad de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4, 13) y contribuyan al crecimiento del Cuerpo Místico" (Gravissimum educationis, 2).

No puedo menos que recordar con profunda gratitud a todos aquellos educadores, sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos cualificados que, afrontando y superando los no siempre fáciles problemas, saben hacer incisiva y provechosa su función educadora.

Doy las gracias a los que de ellos están aquí presentes. Al saludarlos cordialmente trato de expresar mi aliento para esta iniciativa que mira a un renovado compromiso.

La Iglesia atribuye constancia fundamental a la escuela católica. No existen, hoy, formas alternativas que puedan sustituir con eficacia la cualidad de una educación orientada hacia la plenitud de la vida cristiana, como debería ofrecer una escuela católica preocupada de traducir en acto las propias finalidades específicas; o sea, ser un verdadero laboratorio de cultura que se inspira en el Evangelio para un camino como cristianos en el mundo de hoy.

De cara a un ambiente pobre en relaciones, la escuela católica transmite y refuerza el sentido de la comunidad, de la preocupación social y de la solidaridad universal. Su finalidad, bebiendo continuamente en las fuentes del misterio de Cristo, es preparar a los jóvenes para sentirse protagonistas de la salvación humana, comprometiéndose concretamente con dinamismo apostólico, según su propio estado, a las exigencias de las situaciones. El renovado servicio de la escueta católica, hoy más que nunca, es liberar a los jóvenes del materialismo invasor y del hedonismo obsesivo, para guiarlos con bondad y firmeza hacia las cimas de la verdad plena y del amor oblativo.

8. También hago una llamada sobre todo a los padres, que son los primeros educadores y maestros de sus hijos. ¡Para todos es conocida la importancia que tuvo mamá Margarita en la vida de San Juan Bosco! No sólo dejó en el oratorio de Valdocco aquel característico "espíritu de familia" que todavía subsiste hoy, sino que supo forjar el corazón de Juanito en aquella bondad y cariño que harán de él amigo y padre de sus jóvenes pobres.

Ha llegado ya el tiempo de las asociaciones de padres cristianos. Ellas llevan a la amistad entre las familias y con los educadores y ayudan a los padres a comprender mejor los actuales cambios socio-culturales, así como a utilizar los métodos educativos más apropiados.

Queridos educadores y padres: la educación cristiana de las nuevas generaciones está en buena parte en vuestras manos. ¡Sed conscientes de ello!

El Señor os invita a reconocer la urgencia primaria de la formación de los jóvenes.

Que os asista María Santísima, vuestra Madre y Guía; que os ilumine con materna intercesión para transmitir la verdad y ser maestros de bondad y de valiente testimonio de fe. Que también os acompañe la bendición que nosotros, pobres Pastores de la Iglesia, queremos ofreceros al final de este encuentro. Gracias por vuestra buena acogida. Siempre me he sentido, como obispo, un educador entre los demás educadores. Y los grupos con los que tenía más contacto en las visitas pastorales a las parroquias eran siempre de educadores. Venían espontáneamente, a pesar de las prohibiciones, prohibiciones que venían de la ideología administrativa. Se veía que la educación es superior a una ideología que querría solamente reducir todo a la administración: la educación no se reduce a la administración. No querría disminuir la importancia de la parte administrativa también en la educación; pero quiero decir que la educación es siempre la prolongación de la paternidad y la maternidad. Y así, está ligada a la familia y ligada a Dios Padre. ¿Qué es la Sagrada Escritura? Un gran libro de la educación de la humanidad, de cómo Dios Padre ha sabido educar a la humanidad, a través de las diversas etapas, las conocidas por la Revelación, y por fin a través de la Encarnación de su Hijo. ¡Esto es, recemos a este Padre, el primer Educador de todos nosotros!

 

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