A los Frailes Menores Conventuales - 27 de junio, 2007

Autor: Benedicto XVI

     

VISITA PASTORAL
DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI A ASÍS
CON OCASIÓN DEL VIII CENTENARIO
DE LA CONVERSIÓN DE SAN FRANCISCO
ENCUENTRO CON LOS PARTICIPANTES EN EL CAPÍTULO GENERAL
DE LA ORDEN FRANCISCANA DE LOS FRAILES MENORES CONVENTUALES
Y LA COMUNIDAD DEL SACRO CONVENTO
EN LA BASÍLICA SUPERIOR DE SAN FRANCISCO
MENSAJE DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
 

17 de junio de 2007

Al reverendísimo Padre
MARCO TASCA
Ministro general de la Orden de
Frailes Menores Conventuales

Con gran alegría lo saludo a usted, reverendísimo padre, y a todos los Frailes Menores Conventuales, reunidos en Asís para el 199° capítulo general. Me alegra hacerlo en esta basílica papal, en la que espléndidas obras de arte narran las maravillas de gracia que el Señor realizó en san Francisco.
Considero providencial que este encuentro tenga lugar en el contexto del VIII centenario de la conversión de san Francisco. Con esta visita he querido poner de relieve el significado de ese acontecimiento, al que es preciso volver siempre, para comprender a san Francisco y su mensaje. Él mismo, sintetizando en una sola palabra toda su vivencia interior, no encontró un concepto más denso que el de "penitencia": "El Señor me concedió a mí, fray Francisco, comenzar a hacer penitencia así" (Testamento, 1: FF 110). Por tanto, se sintió esencialmente como un "penitente", por decirlo así, en estado de conversión permanente. Abandonándose a la acción del Espíritu, san Francisco se convirtió cada vez más a Cristo, transformándose en imagen viva de él, por el camino de la pobreza, la caridad y la misión.
Así, vosotros tenéis la misión de testimoniar con celo y coherencia su mensaje. Estáis llamados a hacerlo con la sintonía eclesial que caracterizó a san Francisco en su relación con el Vicario de Cristo y con todos los pastores de la Iglesia. A este respecto, os agradezco la obediencia pronta con que, juntamente con los Frailes Menores, correspondiendo al especial vínculo de afecto que os une desde siempre a la Sede apostólica, habéis acogido las disposiciones del motu proprio Totius orbis sobre las nuevas relaciones de las dos basílicas papales de San Francisco y de Santa María de los Ángeles con esta Iglesia particular, en la que nació el Poverello y que tuvo tanta importancia en su vida.
Un saludo especial le dirijo a usted, fray Marco Tasca, a quien la confianza de sus hermanos ha llamado a la ardua tarea de ministro general. Es de buen auspicio la coincidencia con la celebración del 750° aniversario de la elección de san Buenaventura como ministro de la Orden. Le deseo que, a ejemplo de san Francisco y de san Buenaventura, juntamente con los definidores elegidos, guíe con sabia prudencia la gran familia de la Orden en la fidelidad a las raíces de la experiencia franciscana, prestando atención a los "signos de los tiempos".
En el capítulo general se han reunido frailes procedentes de muchos países y culturas diversas, para escucharse y hablarse mutuamente con el único lenguaje del Espíritu, reviviendo así el recuerdo de la santidad de san Francisco. Esta es una ocasión realmente extraordinaria para compartir las "maravillas" que Dios sigue realizando también hoy a través de los hijos del Poverello esparcidos por el mundo.
Por tanto, deseo que los religiosos capitulares, además de dar gracias a Dios por el desarrollo de la Orden sobre todo en los países de misión, aprovechen esta ocasión para interrogarse sobre lo que el Espíritu les pide para seguir anunciando con pasión, tras las huellas del Seráfico Padre, el reino de Dios en este tramo inicial del tercer milenio cristiano.
Me ha complacido saber que, como tema central de reflexión durante los días de la asamblea capitular, se ha elegido la formación para la misión, subrayando que esa formación no se da de una vez para siempre, sino que se debe considerar más bien como un camino permanente. En efecto, se trata de un itinerario con múltiples dimensiones, pero centrado en la capacidad de dejarse modelar por el Espíritu, a fin de estar dispuestos a ir a cualquier lugar a donde él llame. En la base no puede por menos de estar la escucha de la Palabra en un clima de intensa y continua oración. Sólo con esta condición se pueden captar las verdaderas necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, dándoles respuestas basadas en la sabiduría de Dios y anunciando lo que se ha experimentado profundamente en la propia vida.
Es necesario que la gran familia de los Frailes Menores Conventuales se deje impulsar por las palabras que el Crucifijo de San Damián dirigió a san Francisco: "Ve y repara mi casa" (2 Cel I, 6, 10: FF 593). Por tanto, cada fraile ha de ser un auténtico contemplativo, con la mirada fija en los ojos de Cristo. Cada uno ha de ser capaz de ver, como san Francisco en el leproso, el rostro de Cristo en los hermanos que sufren, llevando a todos el anuncio de la paz. Con este fin, deberá hacer suyo el camino de configuración con el Señor Jesús que san Francisco vivió en los diversos lugares-símbolo de su itinerario de santidad: desde San Damián hasta Rivotorto, desde Santa María de los Ángeles hasta la Verna.
Por consiguiente, cada hijo de san Francisco ha de tener como principio firme el que el Poverello expresó con las sencillas palabras: "la Regla y vida de los frailes menores es observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo" (Rb I, 1: FF 75). A este propósito, me alegra saber que también los Frailes Menores Conventuales, juntamente con toda la gran familia franciscana, están comprometidos a revivir las etapas que llevaron a san Francisco a formular el "propositum vitae" confirmado por Inocencio III alrededor del año 1209.
El Poverello, llamado a vivir "según la forma del santo Evangelio" (Testamento, 14: FF 116), se comprendió a sí mismo a la luz del Evangelio. Precisamente de aquí nace la perenne actualidad de su testimonio. Su "profecía" enseña a hacer del Evangelio el criterio para afrontar los desafíos de todos los tiempos, incluido el nuestro, resistiendo a la engañosa fascinación de modas pasajeras, para arraigarse en el plan de Dios y discernir así las auténticas necesidades de los hombres. Mi deseo es que los frailes sepan acoger con renovado impulso y con valentía este "programa", confiando en la fuerza que viene de lo alto.
A los Frailes Menores Conventuales se les pide, ante todo, que anuncien a Cristo: que se acerquen a todos con mansedumbre y confianza, con una actitud de diálogo, pero dando siempre un testimonio ardiente del único Salvador. Que sean testigos de la "belleza" de Dios, que san Francisco supo cantar contemplando las maravillas de la creación: entre los estupendos ciclos pictóricos que adornan esta basílica y en todos los demás lugares del maravilloso templo que es la naturaleza, se debe elevar de sus labios la oración que san Francisco pronunció después del éxtasis místico de la Verna, y que le hizo exclamar dos veces: "Tú eres la belleza" (Alabanzas a Dios altísimo, 4. 6: FF 261).
Sí, san Francisco es un gran maestro de la "via pulchritudinis". Los frailes deben imitarlo irradiando la belleza que salva; y lo deben hacer de modo especial en esta estupenda basílica, no sólo con el gozo de los tesoros de arte que se conservan en ella, sino también y sobre todo con la intensidad y el decoro de la liturgia, y con el ferviente anuncio del misterio cristiano.
A los religiosos capitulares les deseo que vuelvan a sus respectivas comunidades llevando la lozanía y la actualidad del mensaje franciscano. A todos digo: llevad a vuestros hermanos la experiencia de fraternidad de estos días como luz y fuerza, capaz de iluminar el horizonte, no siempre exento de nubes, de la vida diaria; llevad a cada persona la paz recibida y donada.
Con el pensamiento dirigido a la Virgen Inmaculada, la "Tota pulchra", e implorando la intercesión de san Francisco y de santa Clara, a los que encomiendo el éxito de los trabajos de este capítulo general, le imparto a usted, reverendísimo padre, a los religiosos capitulares y a todos los miembros de la Orden, como prenda de especial afecto, la bendición apostólica.

Asís, 17 de junio de 2007.
 

BENEDICTUS PP XVI
 

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