A los obispos chilenos en visita ad limina

Autor: Juan Pablo II

 

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE CHILE
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Viernes 19 de octubre de 1984

 

Queridos Hermanos en el episcopado:

1. Al recibir hoy al primer grupo de Obispos de Chile en visita “ad limina Apostolorum” pienso en aquellos encuentros de los discípulos con el Señor, que después de una jornada laboriosa volvían a juntarse con El. Si por un lado ellos le contaban lo que habían hecho y enseñado, por otra parte el Señor los acogía con cariño y los reconfortaba, invitándolos al silencio del descanso y de la oración (Lc 9, 5).

Esta imagen es muy iluminadora para el encuentro del Sucesor de Pedro con los Hermanos Obispos de la Iglesia en Chile.

En ese espíritu, la realización de esta visita nos brinda la ocasión de encontrarnos íntimamente en torno a Jesucristo, Pastor Supremo (1 P 5, 4), y nos anima a una mayor comunión eclesial. Unión y comunión con el Sucesor de Pedro y entre vosotros mismos, para facilitar y dar nueva consistencia a vuestro ministerio de Pastores.

Esa vivencia positiva os hará experimentar siempre el ambiente de fraternidad con que se han podido examinar tantos puntos referentes a la vida de las comunidades encomendadas a vuestro celo apostólico. Así se va creando una relación eclesial de corresponsabilidad más sensible e inmediata, al tiempo que cada Obispo puede percibir mejor las dimensiones universales de la Iglesia.

2. En este encuentro están ante todo presentes en mi corazón las personas de los Pastores, las de cada uno individualmente, a menudo agobiadas por tantas dificultades y por el cotidiano trabajo del servicio de la Palabra y de la dirección comunitaria.

Quisiera por ello deciros que estoy junto a vosotros, así como junto a vuestros sacerdotes y diáconos; que veo vuestras fatigas apostólicas y que pido insistentemente al Señor por vosotros, para que os conforte en vuestras labores con el don de una profunda caridad. Ella no sólo estrecha en nuestro apostolado el lazo de la comunión fraterna y eclesial con el Pueblo de Dios, sino que abre nuestras mentes a la contemplación del misterio de Cristo Redentor.

Y cuanto más fuerte y agobiante es la acción pastoral, tanto mayor debe ser la contemplación de ese misterio. Ello implica el desarrollo de la caridad en las propias relaciones con Dios, la escucha atenta de su Palabra, la meditación frecuente de su misericordia, el gozo intimo por la munificencia de sus dones y el entusiasmo hecho plegaria por la gratuidad de su amor.

Hablar de ello es ponerse delante un problema de perenne validez: la santidad. El hombre siente hoy una necesidad urgente de nuestra vida evangélica. La propia santidad es el don más precioso y más rico que podamos ofrecer a nuestras comunidades. Es también el camino de verdadera renovación que el Concilio nos ha pedido aportar a la Iglesia. Es el camino de la plena fidelidad eclesial, el gozo en la entrega a la obra salvadora de Cristo y del generoso compromiso en una tarea que reclama una intensa caridad pastoral.

3. Vosotros conocéis bien los puntos de apoyo de tal fidelidad. El hecho de presidir en nombre de Dios el rebaño del cual sois Pastores (Lumen Gentium, 20). os vincula íntimamente a Cristo. Sois consagrados por Dios en la Iglesia para actuar “in persona Christi”. Vuestro ministerio pastoral está totalmente ligado a Cristo. Vosotros sois los padres, pero también los responsables de vuestra diócesis “a cuya autoridad, conferida desde luego por Dios, todos se someten de buen grado” (Christus Dominus, 16).

Tal originalidad del sacerdocio de Cristo se expresa con una palabra: su dimensión pastoral. Vosotros sabéis por propia experiencia lo que implica esta preocupación pastoral. El Obispo, en efecto, en comunión con el Sucesor de Pedro, es el testigo sacramental de la trascendencia histórica de Cristo y agente incansable de su triple misión de santificar, enseñar y gobernar. Por ello está comprometido a vivir como el “Buen Pastor”.

Esa dimensión pastoral de vuestro ministerio —que es la primera y esencial del mismo— os hace los hombres de la comunión, los padres y hermanos de la comunidad de creyentes que os ha sido confiada; os hace los especialistas en el “sensus Ecclesiae”, o sea de la Iglesia, universal y local, que en la historia prosigue la misión de Cristo Redentor entre los hombres. Ese sentido pastoral es el que habrá de guiar siempre vuestra fidelidad a Dios y la lealtad a los hombres vuestros hermanos.

4. En la línea de ese servicio pastoral vuestro, quisiera someter a vuestra consideración el tema de la religiosidad popular.

Conozco la importancia y la gran concurrencia a vuestros innumerables Santuarios marianos, como, por ejemplo, a los de La Tirana, de Andacollo, de Lo Vásquez, de Maipú y a la Basílica de Lourdes en Santiago. Estos Santuarios y la devoción popular que implican tiene un significado denso, rico de perspectivas.

El significado de esta religiosidad popular, que en vuestras diócesis es muy profundo, no se reduce simplemente a una expresión antropológica o sociológica. Por el contrario se trata de momentos de gran densidad de gracia, en que el hombre redescubre sus raíces más hondas y la base que las sustentan. A la vez se siente estimulado a la oración, la penitencia y la caridad fraterna.

En esa piedad popular sucede con frecuencia que, junto a elementos tal vez superados y que deben purificarse, hay otros que son expresivos de auténtica fe cristiana. Es, pues, necesario valorizar plenamente la piedad popular, purificarla de indebidas incrustaciones del pasado y hacerla plenamente actual. Esto significa evangelizarla, o sea, enriquecerla de contenidos salvíficos portadores del misterio de Cristo y del Evangelio (Homilía en la Misa celebrada en el Santuario de la Virgen de Zapopan, 5, 30 de enero de 1979).

Es urgente, además, un profundo trabajo de discernimiento en la lectura de las riquezas de vuestra cultura popular. Para tratar de percibir en ella el paso del Señor que estimule a enriquecerla de contenidos profundamente cristianos, aptos para un auténtico crecimiento en la fe. Así ese pueblo y las comunidades de fieles se sentirán más cerca de Dios, viendo valorizado todo lo que ellas tienen de genuino o de semillas de la Palabra.

5. Algo que tiene gran importancia es el anuncio del Evangelio y la transmisión de la fe en la sociedad de nuestros días.

En efecto, el progreso de la civilización moderna con los fenómenos sociales que ha ido gestando, marcados por un agudo proceso de secularización, acentúa siempre más la laicidad y la orientación puramente terrena, provocando un debilitamiento del influjo evangélico.

Lamentablemente esta situación favorece a veces en nuestras comunidades eclesiales posturas típicamente horizontales y ciertas modas meramente temporales, que dañan la claridad del testimonio evangélico. Los cambios no sólo han puesto en juego la acción pastoral tradicional, sino que han dañado, algunas veces, la integridad de la fe, haciéndole perder fuerza y actualidad.

Se hace, por tanto, cada día más indispensable la transmisión de una fe profunda y auténtica que presente con claridad toda la belleza del Evangelio, sin reducciones de ninguna especie. Como bien recordaba mi Predecesor Pablo VI, se evitará así la “tentación de reducir la misión de la Iglesia a las dimensiones de un proyecto puramente temporal; de reducir sus objetivos a una perspectiva antropocéntrica; la salvación, de la cual ella es mensajera, a un bienestar material; su actividad —olvidando toda preocupación espiritual v religiosa— a iniciativas de orden político o social” (Evangelii Nuntiandi, 32).

Por otra parte la situación presente invita a la Iglesia a renovar su confianza en la acción catequética como “una tarea absolutamente primordial de su misión” (Catechesi Tradendae, 15).

La catequesis merece, pues, la prioridad en la acción pastoral de la Iglesia. A ella estamos invitados a “consagrar los mejores recursos en hombres y en energías, sin ahorrar esfuerzos, fatigas y medios materiales, para organizarla mejor y formar personal capacitado” (Ibid.).

En esta tarea vosotros tenéis, queridos Hermanos en el episcopado, una misión particular, ya que sois los primeros responsables de la catequesis, los catequistas por excelencia. Es evidente, por otra parte, que esa catequesis ha de ser fiel al contenido esencial de la Revelación, con una metodología que sea capaz de educar a las generaciones cristianas del futuro en una fe robusta (Ibid. 50).

6. Al problema de la transmisión de la fe está íntimamente unido el de las vocaciones sacerdotales. Sé que en vuestras diócesis hay una honda tradición cristiana y que son muchos aquellos que piden los auxilios de la religión. Veo también con esperanza el crecimiento de las vocaciones. Sin embargo tengo conocimiento de que en vuestras regiones, sobre todo en las del Norte de Chile, escasean los sacerdotes, que son insuficientes para prestar la debida atención pastoral.

Mientras comparto con vosotros la preocupación y el sufrimiento por esta falta de personas dedicadas a la causa del Evangelio, alabo y bendigo a todos aquellos misioneros que desde varias partes del mundo han llegado a Chile, para prestar allí su servicio fraterno. Son ciertamente un apoyo importante y una gracia de Dios para vuestras comunidades eclesiales.

Pienso, por ello, que es necesario intensificar y mejorar incesantemente la pastoral vocacional. Sé que os preocupáis ciertamente del cuidado de los jóvenes y promovéis misiones juveniles que a veces tiene larga duración. Lo que importa ahora es fomentar una pastoral audazmente misionera, incrementando una fuerte “mística” apostólica, acompañada de proyectos concretos encaminados a incrementar las vocaciones. No es necesario que os recuerde la importancia del llamado personal hecho con respeto, pero también con la fuerza y con la autenticidad evangélica de Cristo.

La causa de las vocaciones pide ardor misionero, audacia, magnanimidad en las iniciativas, testimonio de vida y, sobre todo, que nos apoyemos fuertemente en el amor a Jesús eucarístico y en la devoción a la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia. Ciertas dificultades necesitan el “milagro” de la fe y el ardor de la oración.

Sé que en este año se celebran los 400 años de vida del Seminario Mayor de Santiago y que se recordará su historia gloriosa de siglos. Hago votos desde ahora, para que estas celebraciones promuevan un profundo despertar de vocaciones eclesiásticas para Santiago y para todo el País.

7. Los problemas de la familia constituyen otra seria interpelación. Más que un sector de vuestras orientaciones y programas, la familia es un verdadero centro, a partir del cual hay que reestudiar y planificar, con esperanza, la pastoral.

Es de mucha importancia que, como una de las consecuencias del Sínodo sobre la familia, tratéis de revisar vuestra pastoral de conjunto, para intentar hacerla converger sobre la familia, ya sea en su identidad de signo irradiante del amor de Dios, ya sea en sus variadas misiones y tareas eclesiales. En un mundo lleno de temores y de preocupaciones es necesario impulsar la familia como una contribución positiva cargada de esperanza, como “alianza de amor y de vida” (Patrum Synodalium, Nuntius ad Populum Dei, 9).

También en el plano religioso debe procurarse una sólida formación a la familia, para que sea lugar de vivencia de la fe y centro de evangelización de la sociedad. Y para que cumpla esa misión con espíritu abierto, siendo capaz de “formar hombres en el amor, y además ejercitar el amor en relación con los demás, de modo que el amor esté abierto a la comunidad y movido por un sentido de justicia y respeto hacia los otros y que sea consciente de su responsabilidad hacia toda la sociedad” (Ibid., 12).

Es, pues, indispensable que la familia desempeñe adecuadamente su rol en la educación completa del hombre y de la sociedad. Por ello hay que proveerla de una base moral e ideal que se funde en los genuinos valores cristianos, en la apertura a Dios, porque “el hombre no puede vivir sin amor”; porque sin ello el hombre “permanece para si mismo un ser incomprensible”; porque su vida “está privada de sentido si no le es revelado el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente” (Familiaris Consortio, 18). Vivido en esa perspectiva el amor familiar deberá convertirse en escuela de amor. ¿No habrá llegado el momento de hacer un fuerte llamado a los padres de familia, para que se hagan cargo del futuro del hombre salvando en él el amor y la vida?

También nuestras instituciones educativas deberán emprender un verdadero esfuerzo de renovación, para inserir a la familia en su radio de acción y hacerla profunda escuela de amor y de comunicación de valores religiosos y humanos.

De esta forma, queridos Hermanos, vosotros no sólo cumpliréis, con vuestro deber de pastores, sino que prestaréis a la vez un gran servicio a la sociedad nacional, que en su deseo de reconstrucción debe poder contar con los grandes valores que derivan de una familia estable, sana y fundamentada en sólidos principios morales.

8. Al concluir este encuentro, pido para vosotros la fuerza y luz del Espíritu Santo, para que acompañe con su gracia vuestro celoso y abnegado servicio a la Iglesia. Que El os asista en vuestro propósito sincero de llevar el Evangelio de Cristo a todas vuestras comunidades.

Antes de despedirme de vosotros, no puedo dejar de manifestaros la profunda alegría que me ha proporcionado el hecho de que las queridas Naciones de Chile y Argentina hayan llegado a establecer el texto del Tratado, que una vez ratificado por ambas Partes, pondrá definitivamente término al diferendo entre los dos Países. La participación de la Santa Sede en el proceso de la Mediación ha tenido siempre como meta el bien de los dos Pueblos y la concordia entre ellos. Quiera Dios hacer fecunda esta obra de paz.

A la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile, encomiendo estas intenciones, vuestras personas, las de vuestros sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas, las de vuestros fieles y conciudadanos todos, mientras les imparto con gran afecto mi Bendición Apostólica.

 

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