A los obispos de Venezuela en visita “ad limina Apostolorum”, 30 de agosto de 1984

Autor: Juan Pablo II

 

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE VENEZUELA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Jueves, 30 de agosto de 1984

 

Queridos Hermanos en el episcopado:

1. Al término de mi coloquio individual con cada uno de vosotros, os manifiesto mi profundo gozo y agradecimiento por vuestra presencia en esta reunión fraterna, momento muy significativo de la visita “ad limina” de los Obispos venezolanos.

En esta ocasión, que abre mi espíritu y sentimientos a los vuestros, me doy cuenta de que por encima del afecto y fraternidad existentes entre el Papa y el episcopado de una nación concreta, toma cuerpo un hecho misterioso que supera nuestras personas y que nos introduce en una realidad grandiosa en la que entra de lleno el Espíritu de Cristo, que late y se manifiesta en gracia intercambiada entre la Iglesia de Roma y vuestras Iglesias particulares.

En esa magnífica perspectiva de fe que nos envuelve y compromete personalmente, nuestros corazones se abren a la esperanza, porque la comunión en y con Cristo sabemos que es fuerza salvadora inagotable que valoriza nuestros esfuerzos. Esta mirada esperanzada y optimista es la primera disposición a la que nos llama la verdad profunda de este encuentro, en cuyo centro está la solicitud por vuestras comunidades eclesiales, en su conjunto y en cada miembro de las mismas.

2. La Iglesia en Venezuela se encuentra a las puertas de su medio milenio de evangelización. Dificultades históricas ya conocidas impidieron que tal evangelización fuera más completa en el pasado. Y la situación actual de vuestro país, no ajeno a la conmoción de valores y a la crisis económica que golpea a América Latina, plantea de nuevo el problema con especial urgencia.

Ante ello viene a mi mente el pasaje bíblico, tan denso de enseñanzas, en el que Pedro dice al paralítico postrado a la puerta del templo: “Míranos... Plata y oro no tengo, lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesús Mesías, el Nazareno, echa a andar” (Act. 3, 4-6).

Ese “míranos” de Pedro traduce la profunda hambre de Evangelio y de justicia de vuestro pueblo católico, sediento de autenticidad, de ver hecha vida la fe que anuncia la Iglesia, de contemplar a ésta anclada profundamente en la realidad de vuestro país y libre e independiente para interpelarlo, para dar testimonio de la propia solidaridad hacia los hombres, y al mismo tiempo fiel íntegramente al Absoluto de Dios. Una Iglesia que avance siempre en ardor contemplativo y de adoración, en celo en su actividad misionera, caritativa, promocional, siguiendo las pautas sobre las que se interrogaba con insistencia mi predecesor Pablo VI, y que nos urgen siempre (Evangelii Nuntiandi, 76).

El hombre actual espera de la Iglesia el signo, la palabra, la luz eficaz. Y no cabe duda de que es mucho lo que la Iglesia puede aportar a la sociedad actual. No puede ser escasa la fuerza transformadora de la Palabra de Dios (1 Sam. 3, 1). Ello irá conduciendo hacia los grandes objetivos de la labor evangelizadora en una época particularmente hambrienta de Espíritu “porque está hambrienta de justicia, de paz, de amor, de bondad, de fortaleza, de responsabilidad, de dignidad humana” (Redemptor Hominis, 18). Y tales objetivos conducirán al hombre hacia su plena dignidad y solidaridad en Cristo, haciendo prevalecer la ética sobre la técnica, la persona sobre las cosas (Laborem Exercens, 12. 13. 21. 22).

3. Es un hombre concreto el que hoy se encuentra ante nosotros, come ante Pedro. El espera, quizá sin decirlo, ser sanado, completado, evangelizado. Nos mira atentamente. ¿Quién es? ¿Cómo vive? ¿Qué desea? ¿Qué problemas afronta en la Venezuela de hoy? Es el hombre que, marcado en su ser por la fe católica, quiere conocerla mejor, desea una más sólida instrucción religiosa, el don de los sacramentos y todas las formas de alimento para su hambre espiritual. Y es también parte de un pueblo que en el último período ha logrado nuevas metas de progreso material, pero en el que existen aún amplios sectores de abandono, injusticia, marginación y pobreza. Por ello yo mismo observaba durante mi último viaje a vuestro continente: “Un análisis sincero de la situación muestra cómo en su raíz se encuentran hirientes injusticias, explotación de unos por otros, falta grave de equilibrio en la distribución de las riquezas y de los bienes de la cultura” ( Discurso a la Asamblea del Celam en Haití, 9 de marzo de 1983).

Cuando todas estas carencias y sus causas tienden a acrecentar hoy sentimientos de angustia, desconfianza y frustración en la sociedad, es cuando el mensaje de Cristo, la misma persona del Redentor “que hizo y enseño” (Act. 1, 1), pueden presentarse como salvación, como esperanza. En esa situación Jesucristo es el que puede dar sentido profundo al ser de la persona, iluminar una nueva escala de valores, impulsar poderosamente a la acción transformadora en favor de los hermanos que necesitan y buscan fe y justicia.

4. La historia de la evangelización cristiana en vuestro país ha pasado por no pocas dificultades. Han sido numerosos los obstáculos, superados siempre con esfuerzo y con escasez de medios. Hoy día, esta historia nos reta a dar, con realismo y esperanza al mismo tiempo, un nuevo impulso a la evangelización. Los que están cerca y los que están lejos, los mayores y los jóvenes necesitan una palabra clara, sincera, profundamente cristiana. Necesitan a Jesucristo vivido, Jesucristo seguido y predicado; ésa es nuestra única riqueza y nuestra fuerza.

Es por tanto imprescindible que la Iglesia, desde una posición de pobreza y libertad respecto a los poderes de este mundo, anuncie con valentía la verdad de Jesucristo, firmemente convencida de la fuerza transformadora del mensaje cristiano que, con la fuerza del Espíritu de Dios, es capaz de transformar moralmente los corazones, camino para renovar las estructuras.

5. Esta nueva evangelización requerirá una serie de esfuerzos coordinados alrededor de las tareas que se consideren más urgentes e importantes.

La catequesis en primer lugar. Impartida en forma orgánica y sistemática aportará al creyente los elementos necesarios para una vida cristiana integral: el contenido central e indispensable de la doctrina, la vivencia religiosa práctica, unida a un compromiso apostólico con dinamismo social. Sólo así poseerá el cristiano la seguridad necesaria para mantenerse firme y serenamente en la fe católica. Incluso en un ambiente adverso y en el que, con frecuencia, proliferan grupos de pseudo contenido religioso.

En ese cometido habrá que tener en cuenta que la catequesis “persigue el doble objetivo de hacer madurar la fe inicial y de educar al verdadero discípulo por medio de un conocimiento más profundo y sistemático de la persona y del mensaje de Nuestro Señor Jesucristo. Pero en la práctica catequética, este orden ejemplar debe tener en cuenta el hecho de que a veces la primera evangelización no ha tenido lugar” (Catechesi Tradendae, 19). Tal situación no es excepcional, a veces, en la catequesis de jóvenes y adultos.

6. Otro aspecto que reviste hoy la máxima importancia es la recta formación de la conciencia del cristiano, es decir, el contenido moral de la catequesis, que no podrá dejar de “iluminar como es debido, en su esfuerzo de educación en la fe, realidades como la acción del hombre por su liberación integral, la búsqueda de una sociedad más solidaria y fraterna, las luchas por la justicia y la construcción de la paz” (Ibid.).

Estas acciones habrán de partir de una auténtica conversión del corazón. Porque es claro, por ejemplo, que la digna valoración y la justa promoción de la mujer no podrá llevarse a cabo debidamente sin que ella misma, y el varón que a veces abusa de su condición, acepten en profundidad la fe en Cristo, con todas las consecuencias que derivan para unas relaciones personales de justa valoración y mutuo respeto.

7. La célula familiar, la familia cristiana, su crecimiento y consolidación, deben ser uno de los objetivos y frutos más preciados de esta catequesis. No sabría encarecer suficientemente la importancia de este punto en vuestro proyecto evangelizador.

El sacramento del matrimonio, tal como lo entiende y predica la Iglesia, es un alto ideal. Entorpecen o favorecen su realización diversos factores de tipo histórico, económico, cultural y psicológico. Aspectos todos ellos que deberán estudiarse cuidadosamente. No para aceptarlos sin más, con resignada pasividad o fatalismo, sino más bien como reto para una toma de conciencia que lleve a decisiones y planes de acción concretos y posibles. Os exhorto, por ello, a que acometáis con delicadeza y respeto, pero al mismo tiempo con profunda convicción, la evangelización de la célula familiar, la preparación al matrimonio cristiano y la recta formación a una paternidad responsable que esté de acuerdo con las normas del Magisterio.

De este esfuerzo han de brotar numerosos bienes: para los esposos venezolanos y su cristiana vivencia del amor; para sus hijos; para el desarrollo humano y moral de toda la sociedad; para la misma institución del matrimonio que la Iglesia santifica, renueva y refuerza en el espíritu de Cristo; y también – con toda la importancia que ello tiene – para el surgimiento de más numerosas y sólidas vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa en vuestro país, un problema central para la vida de la Iglesia en Venezuela.

Conozco vuestros desvelos y esfuerzos por suscitar esas vocaciones; sé que, como fruto de una seria promoción vocacional, ha habido un incremento en el número de los candidatos al sacerdocio; pero, no es todavía suficiente para las necesidades de una población en continuo aumento.

Debéis seguir inculcando a los fieles la necesidad de orar al Señor para que mande obreros a su mies. De esa plegaria brotarán, como un don providencial, las vocaciones y la perseverancia de los sacerdotes en su ministerio.

Los seglares y los que tienen ministerios laicales son ciertamente una valiosa ayuda. Pero el sacerdote ministro del perdón, de la Eucaristía, de la Palabra, es insustituible para la vida de la Iglesia, como la fundó y la quiere Jesucristo el Señor.

Que los Seminarios continúen ocupando un lugar privilegiado en vuestro corazón y estén bajo vuestra mirada pastoral, haciendo participar a los fieles, especialmente a los padres de familia, en la solicitud por esa porción más preciada de la comunidad diocesana.

Esmeraros por tanto cada vez más en dar a los seminaristas una formación humanística, filosófica y teológica de acuerdo con las exigencias de la cultura moderna y las necesidades de vuestros pueblos, vigilando siempre para que la enseñanza sea siempre fiel a las orientaciones y al Magisterio de la Iglesia.

8. Grande y hermosa, pero no fácil, es la tarea que se despliega ante vuestros ojos, queridos Hermanos. Permitidme que termine estas reflexiones sugiriéndoos una ayuda valiosa para vuestro trabajo, y que será a su vez el fruto de todo este esfuerzo evangelizador. Me refiero a los seglares, que son la inmensa mayoría del pueblo de Dios. Su trabajo e inserción en la Iglesia, su sabia y previdente organización en grupos y movimientos apostólicos diversos va a ser decisiva en los años venideros.

El Concilio Vaticano II nos anima a utilizar su conciencia eclesial, su disponibilidad y capacidad apostólica, todavía no suficientemente aprovechadas, para evangelizar, catequizar, trabajar por un cambio que impregne de valores cristianos la sociedad. Por ello, una de vuestras prioridades más queridas ha de ser la de preparar, actualizar y dinamizar comunidades cristianas y movimientos de apostolado seglar con la suficiente formación, sentido de unidad eclesial y profunda espiritualidad. Así la Iglesia multiplicará sus fuerzas evangelizadoras en tantos campos de la vida que reclaman la específica y propia colaboración de los laicos.

9. Queridos Hermanos: Sé que vais a emprender una gran misión nacional que sirva para despertar y consolidar la conciencia cristiana de vuestros fieles. Me alegra esta feliz iniciativa. Sabed que estoy con vosotros, alentando vuestro esfuerzo. Tendré muy presente esta intención en mis plegarias al Señor y a la querida Madre de Coromoto, Patrona de vuestro país. En ellas recordaré a cada uno de vosotros y las intenciones de vuestros diocesanos y del amado pueblo de Venezuela tan presente siempre en mi corazón y que con gozo pastoral visitaré, Dios mediante, dentro de pocos meses. Llevadles a todos mi afectuoso recuerdo y saludo, mientras a vosotros aquí presentes y a ellos imparto mi especial bendición apostólica.

 

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