Audiencia general del 11 de enero de 1989

Autor: Juan Pablo II

 

 JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 11 de enero de 1989

 

"Descendió a los infiernos"

1. En las catequesis más recientes hemos explicado, con la ayuda de textos bíblicos, el artículo del Símbolo de los Apóstoles que dice de Jesús: “Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado... y sepultado”. No se trataba sólo de narrar la historia de la pasión, sino de penetrar la verdad de fe que encierra y que el Símbolo hace que profesemos: la redención humana realizada por Cristo con su sacrificio. Nos hemos detenido particularmente en la consideración de su muerte y de las palabras pronunciadas por El durante la agonía en la cruz, según la relación que nos han transmitido los evangelistas sobre ello. Tales palabras nos ayudan a descubrir y a entender con mayor profundidad el espíritu con el que Jesús se inmoló por nosotros.

Ese artículo de fe se concluye, como acabamos de repetir, con las palabras: “... y fue sepultado”. Parecería una pura anotación de crónica: sin embargo es un dato cuyo significado se inserta en el horizonte más amplio de toda la Cristología. Jesucristo es el Verbo que se ha hecho carne para asumir la condición humana y hacerse semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado (cf. Hb 4, 15). Se ha convertido verdaderamente en “uno de nosotros” (cf. Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 22), para poder realizar nuestra redención, gracias a la profunda solidaridad instaurada con cada miembro de la familia humana. En esa condición de hombre verdadero, sufrió enteramente la suerte del hombre, hasta la muerte, a la que habitualmente sigue la sepultura, al menos en el mundo cultural y religioso en el que se insertó y vivió. La sepultura de Cristo es, pues, objeto de nuestra fe en cuanto nos propone de nuevo su misterio de Hijo de Dios que se hizo hombre y llegó hasta el extremo del acontecer humano.

2. A estas palabras conclusivas del artículo sobre la pasión y muerte de Cristo, se une en cierto modo el artículo siguiente que dice: “Descendió a los infiernos”. En dicho artículo se reflejan algunos textos del Nuevo Testamento que veremos enseguida. Sin embargo será bueno decir previamente que, si en el período de las controversias con los arrianos, la fórmula arriba indicada se encontraba en los textos de aquellos herejes, sin embargo fue introducida también en el así llamado Símbolo de Aquileya, que era una de las profesiones de la fe católica entonces vigentes, redactada a final del siglo IV (cf. DS 16). Entró definitivamente en la enseñanza de los concilios con el Lateranense IV (1215) y con el II Concilio de Lión en la profesión de fe de Miguel el Paleólogo (1274).

Como punto de partida aclárese además que la expresión “infiernos” no significa el infierno, el estado de condena, sino la morada de los muertos, que en hebreo se decía sheol y en griego hades (cf. Hch 2, 31).

3. Son numerosos los textos del Nuevo Testamento de los que se deriva aquella fórmula. El primero se encuentra en el discurso de Pentecostés del Apóstol Pedro que, refiriéndose al Salmo 16, para confirmar el anuncio de la resurrección de Cristo allí contenido, afirma que el profeta David “vio a lo lejos y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en el Hades ni su carne experimentó la corrupción” (Hch 2, 31). Un significado parecido tiene la pregunta que hace el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “¿Quién bajará al abismo? Esto significa hacer subir a Cristo de entre los muertos” (Rom 10, 7).

También en la Carta a los Efesios hay un texto que, siempre en relación con un versículo del Salmo 68: “Subiendo a la altura ha llevado cautivos y ha distribuido dones a los hombres” (Sal 68, 19), plantea una pregunta significativa: “¿Qué quiere decir ‘subió’ sino que antes bajó a las regiones inferiores de la tierra? Este que baló es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo” (Ef 4, 8-10). De esta manera el Autor parece vincular el “descenso” de Cristo al abismo (entre los muertos), del que habla la Carta a los Romanos, con su ascensión al Padre, que da comienzo a la “realización” escatológica de todo en Dios.

A este concepto corresponden también las palabras puestas en boca de Cristo: “Yo soy el Primero y el Último, el que vive. Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades (Ap 1, 17-18).

4. Como se ve en los textos mencionados, el artículo del Símbolo de los Apóstoles “descendió a los infiernos” tiene su fundamento en las afirmaciones del Nuevo Testamento sobre el descenso de Cristo, tras la muerte en la cruz, al “país de la muerte”, al “lugar de los muertos”, que en el lenguaje del Antiguo Testamento se llamaba “abismo”. Si en la Carta a los Efesios se dice “en las regiones inferiores de la tierra”, es porque la tierra acoge el cuerpo humano después de la muerte, y así acogió también el cuerpo de Cristo que expiró en el Gólgota, como lo describen los Evangelistas (cf. Mt 27, 59 s. y paralelos; Jn 19, 40-42). Cristo pasó a través de una auténtica experiencia de muerte, incluido el momento final que generalmente forma parte de su economía global: fue puesto en el sepulcro.

Es la confirmación de que su muerte fue real, y no sólo aparente. Su alma, separada del cuerpo, fue glorificada en Dios, pero el cuerpo yacía en el sepulcro en estado de cadáver.

Durante los tres días (no completos) transcurridos entre el momento en que “expiró” (cf. Mc 15, 37) y la resurrección, Jesús experimentó el “estado de muerte”, es decir, la separación de alma y cuerpo, en el estado y condición de todos los hombres. Este es el primer significado de las palabras “descendió a los infiernos”, vinculadas con lo que el mismo Jesús había anunciado previamente cuando, refiriéndose a la historia de Jonás, dijo: “Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches” (Mt 12, 40).

5. Precisamente se trataba de esto; el corazón o el seno de la tierra. Muriendo en la cruz, Jesús entregó su espíritu en manos del Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Si la muerte comporta la separación de alma y cuerpo, se sigue de ello que también para Jesús se tuvo por una parte el estado de cadáver del cuerpo, y por otra la glorificación celeste de su alma desde el momento de la muerte. La primera Carta de Pedro habla de esta dualidad cuando, refiriéndose a la muerte sufrida por Cristo por los pecados, dice de Él: “Muerto en la carne, vivificado en el espíritu” (1 P 3, 18). Alma y cuerpo se encuentran por tanto en la condición terminal correspondiente a su naturaleza, aunque en el plano ontológico el alma tiende a recomponer la unidad con el propio cuerpo. El Apóstol sin embargo añade: “En el espíritu (Cristo) fue también a predicar a los espíritus encarcelados” (1 P 3, 19). Esto parece ser una representación metafórica de la extensión, también a los que murieron antes que El, del poder de Cristo crucificado.

6. Aún en su oscuridad, el texto petrino confirma los demás textos en cuanto a la concepción del “descenso a los infiernos” como cumplimiento, hasta la plenitud, del mensaje evangélico de la salvación. Es Cristo el que, puesto en el sepulcro en cuanto al cuerpo, pero glorificado en su alma admitida en la plenitud de la visión beatífica de Dios, comunica su estado de beatitud a todos los justos con los que, en cuanto al cuerpo, comparte el estado de muerte.

En la Carta a los Hebreos se encuentra la descripción de la obra de liberación de los justos realizada por Él: “Por tanto... así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y liberar a cuantos por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a la esclavitud” (Hb 2, 14-15). Como muerto ―y al mismo tiempo como vivo “para siempre”―, Cristo tiene «las llaves de la Muerte y del Hades” (cf. Ap 1, 17-18). En esto se manifiesta y realiza la potencia salvífica de la muerte sacrificial de Cristo, operadora de redención respecto a todos los hombres, también de aquellos que murieron antes de su venida y de su “descenso a los infiernos”, pero que fueron alcanzados por su gracia justificadora.

7. Leemos también en la Primera Carta de San Pedro: “...por eso hasta a los muertos se ha anunciado la Buena Nueva, para que, condenados en carne según los hombres, vivan en espíritu según Dios” (1 P 4, 6). También este versículo, aún no siendo de fácil interpretación, remarca el concepto del “descenso a los infiernos” como la última fase de la misión del Mesías: fase “condensada” en pocos días por los textos que tratan de hacer una presentación accesible a quien está habituado a razonar y a hablar en metáforas espacio-temporales, pero inmensamente amplio en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los tiempos y lugares, también de aquellos que en los días de la muerte y sepultura de Cristo yacían ya en el “reino de los muertos”. La Palabra del Evangelio y de la cruz llega a todos, incluso a los que pertenecen a las generaciones pasadas más lejanas, porque todos los que se salvan han sido hechos partícipes de la Redención, aún antes de que sucediera el acontecimiento histórico del sacrificio de Cristo en el Gólgota. La concentración de su evangelización y redención en los días de la sepultura quiere subrayar que en el hecho histórico de la muerte de Cristo está inserto el misterio suprahistórico de la causalidad redentora de la humanidad de Cristo, “instrumento” de la divinidad omnipotente. Con el ingreso del alma de Cristo en la visión beatífica en el seno de la Trinidad, encuentra su punto de referencia y de explicación la “liberación de la prisión” de los justos, que hablan descendido al reino de la muerte antes de Cristo. Por Cristo y en Cristo se abre ante ellos la libertad definitiva de la vida del Espíritu, como participación en la Vida de Dios (cf. Santo Tomás, III, q. 52, a. 6). Esta es la “verdad” que puede deducirse de los textos bíblicos citados y que se expresa en el artículo del Credo que habla del “descenso a los infiernos”.

8. Podemos decir, por tanto, que la verdad expresada por el Símbolo de los Apóstoles con las palabras “descendió a los infiernos”, al tiempo que contiene una confirmación de la realidad de la muerte de Cristo, proclama también el inicio de su glorificación. No sólo de Él, sino de todos los que por medio de su sacrificio redentor han madurado en la participación de su gloria en la felicidad del reino de Dios.

Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Me complace saludar ahora a los peregrinos de lengua española, venidos de España y de América Latina. En particular, saludo al grupo de niños mexicanos que realizan un curso de sus estudios en Irlanda. Os exhorto a todos a seguir siempre a Cristo, para poder participar con El eternamente de su gloria.

Con gran afecto os imparto mi bendición apostólica

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana