Ceremonia de bienvenida a Santo Domingo, 11 de octubre de 1984

Autor: Juan Pablo II

 

VIAJE APOSTÓLICO A ZARAGOZA,
SANTO DOMINGO Y PUERTO RICO

CEREMONIA DE BIENVENIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Aeropuerto «Las Américas» de Santo Domingo
Jueves 11 de octubre de 1984

 

Señor Presidente,
venerables hermanos en el Episcopado,
autoridades,
queridos hermanos y hermanas:

La primera etapa del primer viaje apostólico de mi pontificado me traía a esta tierra dominicana, a la que hoy, después de casi seis años, llego por segunda vez.

Vuelven en este momento a mi recuerdo las emociones y vivencias de aquella visita, que evoca en su misma intensidad la acogida calurosa de las hospitalarias gentes de esta Isla. De sus sentimientos y actitudes se ha hecho eco el Señor Presidente de la República con las nobles y expresivas palabras de bienvenida que acaba de pronunciar.

Siento por ello el deber de manifestar ante todo mi viva gratitud por la acogida, al Supremo Mandatario de la nación, a las autoridades y al amado pueblo cristiano de la República Dominicana. Mi saludo cordialísimo quiere ser el testimonio externo de mi aprecio y profunda estima, que abarca a todos y cada uno de los hijos de esta querida tierra.

Pero en esta circunstancia, el horizonte de mi visita se alarga mucho más allá de los confines dominicanos. La misma presencia en este acto de tantos otros obispos, junto con el señor arzobispo y el Episcopado de Santo Domingo, a los que extiendo mi abrazo de paz, dan la medida del amplio objetivo que tiene mi visita.

En efecto, si mi precedente venida quería seguir la ruta marcada por los primeros evangelizadores, hoy me trae hasta vosotros el comienzo de la preparación espiritual al V centenario de la llegada de la fe cristiana al continente americano.

El hecho del encuentro entre Europa y éste que fue llamado el Nuevo Mundo, tuvo importancia universal, con vastas repercusiones en la historia de la humanidad. Pero no menor incidencia tuvo, en el aspecto religioso, el nacimiento de lo que hoy es casi la mitad de la Iglesia católica. Por ello había que recordar el principio de ese evento, para dar gracias al Altísimo y a cuantos fueron artífices del mismo. Mas sobre todo había que preparar con esmero tales celebraciones, para que den origen a iniciativas pastorales y culturales que complementen la obra iniciada hace casi cinco siglos.

La presencia del Papa en esta tierra donde se plantó la primera cruz, se celebró la primera Misa y se rezó la primera Avemaría, quiere ser un impulso a esos objetivos, que el CELAM, a través de sus representantes que nos acompañan, ha promovido para la circunstancia; y que abarcan la extensión entera de la Iglesia en América Latina.

¡Qué variadas reflexiones suscita una mirada al mapa geográfico y humano de Latinoamérica, o el detener la mente en su historia, su problemática actual y sus perspectivas de futuro!

La Iglesia, que forma parte inseparable de la historia y de la vida de cada nación de este continente, sabe que, hoy como ayer, tiene algo propio que ofrecerle; algo vital para el presente y el futuro: la luz y la fe de Cristo.

Ella no ignora las lamentables barreras de ignorancia, de falta de la debida libertad, de injusticia y opresión que tantas veces se interponen en el camino del doliente hombre latinoamericano, caminante sediento hacia metas de mayor dignidad espiritual y humana. Por eso, Ella que vive en y para ese hombre, quiere ayudarle en su camino, quiere hacerle cada vez más consciente de sus posibilidades y metas.

Y quiere hacerlo siendo fiel a sí misma, a la misión que Cristo le confió y al amor que debe al hombre. En él la Iglesia se ve un hijo de Dios, un ser con inmensas exigencias de dignidad, de respeto y promoción; un ser con sello divino que debe ser ayudado a elevarse humanamente; que nunca puede ser oprimido en su dignidad o esquilmado en sus derechos; pero que debe ser ayudado a mantener ante todo su patrimonio interior: la libertad y riqueza de su espíritu. Porque en El habla una conciencia, porque en Ella está la voz de Dios y porque en El alienta la trascendencia de su destino.

Este es el objetivo sobre el que la Iglesia quiere reflexionar con nueva intensidad en la novena de años que vengo a iniciar. Para poder ofrecer al hombre latinoamericano actual una nueva luz de Cristo, que ayude a transformar desde dentro a los hombres, las estructuras, la sociedad de hoy. Que ayude a implantar una civilización nueva fundada no en el odio o las luchas, sino en el amor.

A Nuestra Señora y Madre de la Altagracia pido su protección y valimiento. A Ella encomiendo sobre todo a los enfermos, a los pobres, a los injustamente tratados, a los campesinos, a los habitantes todos de la República Dominicana y de América Latina. Y a todos, como amigo y Pastor de la Iglesia universal, bendigo con afecto.

 

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