Con motivo del Jubileo de los Centros católicos de enseñanza de Italia

Autor: Juan Pablo II

 

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON MOTIVO DEL JUBILEO
DE LOS CENTROS CATÓLICOS DE ENSEÑANZA DE ITALIA

Sábado 28 de enero de 1984

Queridos hermanos y hermanas:

1. Antes de nada quiero daros una bienvenida cordial y expresaros mi viva complacencia por este encuentro con vosotros que representáis a una parte muy significativa del mundo de la escuela católica.

Entre vosotros se da gran variedad de personas y condiciones de vida: chicos, jóvenes y adultos; padres y profesores, laicos y religiosos, y sin embargo todos unidos para formar una gran familia que se propone un mismo objetivo: la educación del hombre a la luz de Cristo Maestro.

Reunidos aquí todos juntos, sois un ejemplo concreto de la riqueza humana propia de la realidad educativa eclesial que queréis desarrollar y perfeccionar continuamente: con vuestras personas representáis la "identidad" de la escuela católica.

Mi saludo afectuoso y agradecido quiere llegar a todos y cada uno.

2. Sabéis bien que siempre ha existido relación íntima entre la Iglesia y el mundo de la enseñanza. Ya desde los primeros siglos del cristianismo vemos lo mucho que se interesan los obispos y las grandes instituciones religiosas y monásticas por la difusión de la cultura y por fomentar la fundación de escuelas de distintos tipos. Siguen siendo famosas, por ejemplo, las escuelas de teología del Medioevo, que han contribuido poderosamente a construir la cultura de la Europa cristiana.

Y, ¿por qué este gran interés de la Iglesia por la escuela? ¿Por qué ha vinculado la Iglesia siempre su misma supervivencia de Iglesia a la realidad de la escuela?

Es claro el motivo: para ser fiel al ejemplo de Cristo Señor y cumplir su mandato de "enseñar" a todas las naciones (cf. Mt 28, 19). Expuse ya este tema en mi Exhortación Apostólica "Catechesi tradendae".

La escuela es un instrumento esencial para difundir y enraizar la fe, extender el cristianismo y el Reino de Dios. Por ello, la escuela es cuestión vital para la Iglesia. La Iglesia no puede vivir sin enseñar, sin utilizar el método de la escuela.

Ciertamente, como tal la escuela no tiene una finalidad sobrenatural sino natural: educar al hombre a las virtudes intelectuales y morales, guiar al hombre a su perfección de hombre.

Por otra parte, la "enseñanza" que propone Cristo tiene objetivos mucho más altos que construir un mero humanismo; ciertamente se trata de guiar al hombre a su plenitud, pero también y sobre todo a hacer de él un "hijo de Dios", "movido por el Espíritu", "partícipe de la naturaleza divina" y heredero de la vida eterna.

En consecuencia, la enseñanza cristiana es esencialmente "evangelización" y "catequesis". Pero al mismo tiempo la Iglesia quiere y debe hacerse siempre promotora de cultura y educación del hombre. También esto entra en el mandato que ha recibido de Cristo. La Iglesia no puede desunir el anuncio del Evangelio de una obra generosa de elevar y educar al hombre. Por ello la escuela es uno de los indispensables "caminos de la Iglesia" incluso en cuanto realidad meramente humana y cultural. De esta verdad la comunidad eclesial ha tomado aún mayor conciencia los años siguientes al Concilio Vaticano II y, por lo mismo pide a las familias religiosas, nuevo interés por este campo privilegiado de apostolado y, al laicado, una participación más activa y responsable.

La escuela católica no es otra cosa sino la institución eclesial en la que y por la que la Iglesia educando al hombre lo lleva a Cristo, porque lo educa inspirándose en los principios del Evangelio.

3. La escuela católica es al mismo tiempo una realidad eclesial y un elemento de la sociedad civil. Jamás debe perder de vista esta doble dimensión suya. En cuanto realidad eclesial da testimonio de Cristo al mundo. En cuanto parte con pleno derecho de la sociedad civil, debe emplearse ejemplarmente en el servicio del hombre, de la cultura y del bien común, sin privilegios pero consciente también de sus plenos derechos.

Esta doble dimensión —espiritual y temporal a la vez— de la escuela católica la constituye en un campo privilegiado para una profunda colaboración entre laicos católicos e instituciones religiosas, como ya sucede realmente. Pero la conciencia de estar así compuesta debe ser siempre fuerte, no para crear oposición o competencia, sino por el contrario para una mayor complementariedad recíproca sobre la base de los carismas y deberes propios de cada uno.

Dicha realidad de la escuela católica tiene también otro significado y es que todo el Pueblo de Dios, no sólo los obispos y Pastores de almas. sino todos sus elementos, religiosos y laicos, según las fuerzas propias de cada uno, deben sentirse copartícipes y corresponsables de la promoción y —si fuera necesario— de la defensa de la escuela católica. En este campo es menester una fuerte comprensión y solidaridad recíprocas tanto a nivel moral como material. Ni dificultades (que no pueden faltar) ni tentaciones de encontrar formas de testimonio nuevas y más modernas, deben inducir a abandonar un instrumento de evangelización y promoción humana tan experimentado. Por el contrario, se deben intensificar los esfuerzos para que a la obra educativa se destinen a las personas más idóneas y preparadas. Es éste uno de los modos principales con los que la escuela podrá gozar de todo el prestigio que merece en una sociedad democrática y desempeñar su tarea eclesial con plena libertad y credibilidad.

4. Amados hermanos y hermanas: Hoy es la fiesta de Santo Tomás de Aquino, Patrono de la Escuela Católica.

Este gran doctor cuyas enseñanzas han alabado y recomendado muchas veces mis predecesores, también hoy intercede por la escuela católica y es ejemplo para todos sus miembros.

En la vida y doctrina de Tomás, encontraréis muchas pautas para hacer realidad la doble dimensión de que he hablado: servicio al hombre y a la sociedad y, también, promoción de la fe y del Reino de Dios. Encontraréis el modelo de discípulo y de profesor católico: un cristiano que hace del cumplimiento concienzudo, de los deberes de su estado un "camino" de la Iglesia, es decir, un camino de la misericordia divina hacia el mundo. Siempre acertó Tomás a hacer de la escuela un medio del encuentro de Cristo con el hombre que busca la verdad y la salvación. Con San Agustín pensaba Santo Tomás que la mayor obra de misericordia consiste en guiar al hermano desde las tinieblas de la ignorancia a la luz de la verdad en la que reside el fundamento de la dignidad y libertad del hombre.

5. Pero, ¿dónde encontraba Santo Tomás la fuente de esta síntesis entre fe y cultura, entre tarea eclesial y servicio a la sociedad? La encontraba en la profunda unidad que supo crear en su espíritu entre la actividad del estudio y la búsqueda de la santidad. Si es verdad que la vida del hombre se revela en su actitud al aproximarse la muerte, entonces debemos decir que toda el alma y la elevada enseñanza de Tomás se concentran en las palabras sencillas y fervorosas que dijo en tal circunstancia cuando le llevaron el viático: "Te recibo, precio de la redención de mi alma, te recibo, viático de mi peregrinación, por tu amor he estudiado, velado y trabajado. Te he predicado y enseñado; nunca he dicho nada contra ti. Y si por casualidad lo hubiera dicho, lo hice con buena intención, no estoy apegado a mi juicio. Si acaso he dicho algo menos recto sobre éste y los otros sacramentos, me someto completamente a la corrección de la Santa Iglesia Romana, dentro de cuya obediencia salgo ahora de esta vida".

6. Queridos hermanos y hermanas: Deseo que también vosotros sigáis las huellas de estos ejemplos.

Vosotros, alumnos, abriéndoos a la verdad y dejándoos conducir a donde ésta os lleve: es decir, a Cristo, verdad y salvación;

vosotros, profesores laicos, dedicando vuestro afán educador a formar personas abiertas al uso de la razón y al don de la Revelación;

vosotros, profesores religiosos, haciendo que vuestra enseñanza sea sobre todo transmisión de un testimonio de unión con Cristo, reconciliación con Dios y con los hermanos, y búsqueda de la santidad;

vosotros, padres, sintiendo profundamente la belleza y responsabilidad de vuestra paternidad y maternidad respecto de vuestros hijos, y con conciencia de los derechos y deberes que ello implica dentro de la comunidad educativa.

El Espíritu Santo, que es Espíritu de verdad y sabiduría, y la Virgen Santísima, sede de la Sabiduría, sean luz y fuerza en vuestro camino al encuentro de Cristo y de los hermanos.

Con mi afectuosa y paterna bendición.

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